Una vez, no hace mucho, yo jugaba, reía y saltaba con mis dos hermanas. Era todo un santo con seis años, pero mas bien parecía gilipollas. Me explico.

Todo sucedió en la planta de debajo de mi casa de un solo piso, en mitad del pasillo que comunica con las habitaciones y el baño principal (seguro que yo vendría de echar un truño).

pasillo

Eran las dos del mediodía, y a las tres tenía que ir al colegio. Fue entonces cuando mi hermana se interpuso en mi camino, me bloqueó desde atrás y me agarró de la cintura para que no escapara. Acto seguido intenté escabullirme con todas mis fuerzas y conseguí liberarme al fin, pero no sin antes pegarme la hostia del siglo con el frío y duro suelo.

Me acuerdo que cuando me levanté me sentí algo extraño, yo creo que era porque me faltaban dos trozos de dientes esparcidos por el suelo. No estoy muy seguro…

pero desde entonces, el dentista ha sido mi segunda casa de acogida.

Primero fueron unos dientes (fundas) de plástico, después los típicos empastes y dientes de leche…para terminar con dos dientes de porcelana auténtica a mis 23 años.

Lo que más me jodió fue que esa misma tarde fui al colegio. Eso sí, con dos huevos y dos dientes menos.